Rodolfo Pico. Una geometría sonriente. Pinturas

Del 15 de enero al 2 de abril de 2016

LA PEQUEÑA CANCIÓN DE RODOLFO PICO

Juan Manuel Bonet

Con profunda simpatía contemplo la obra de Rodolfo Pico, pintor asturiano de mi misma quinta, al cual conocí hace bastantes años en su Gijón natal, por intermediación de nuestro común amigo Pelayo Ortega, con el cual él ha compartido no pocas aventuras desde los tiempos del efímero grupo Segrel, es decir, desde hace un porrón de años: desde la década del setenta del siglo que todos nos resistimos en llamar pasado.

Como escribo estas líneas en París, mi actual ciudad de residencia, y encima unas horas después de pisar por vez primera las calles del puerto normando de Honfleur, en lo primero en que pienso es en De noche todos los gatos son bardos. Título trastocador de la exposición gijonesa de Rodolfo Pico en 2008. Entre otras obras, ahí exponía unas bienhumoradas variaciones sobre el cartel dibujado en 1896 por Théophile Steinlen para Le Chat Noir, aquel cabaret montmartrés donde tocaba el piano Érik Satie, el hijo más ilustre de aquella localidad normanda. Apropiándose de ese inmortal gato negro y convirtiéndolo en su logo, el pintor de repente nos hace caer en la cuenta de que es tocayo de Rodolphe Salis, el dueño del establecimiento. Maravillosas sus visiones de ese gato-bardo, casi un autorretrato, ser en equilibrio inestable y con siete vidas, el gato negro caminando por el aire, bien sobre la geometría aérea del pentagrama, bien entre temblorosas telarañas.

Satie, al cual Rodolfo Pico no ha dedicado homenaje alguno -pero, me dice, “si a la expo se le añadiera banda sonora, sería su música”-, es uno de los ironistas de aspecto serio que han marcado la modernidad. Otro de la misma familia: Magritte. Ambos eran adictos a los bombines y a los paraguas y ambos figuran entre los dioses tutelares de este pintor asturiano bastante afrancesado en sus gustos, que pinta maravillosos paraguas geométricos y la lluvia cayendo dentro de un sobre, y que además de a Salis y a Steilen, rinde homenaje a Joséphine Baker, y al Principito de Antoine de Saint-Exupéry, y a Jacques Tati y a su inolvidable personaje de Monsieur Hulot siempre con su pipa en la boca -mágnífica su visión del mismo llevando sobre sus hombros, cual Atlante, un inmenso reloj-, y a la película de Albert Lamorisse Ballon rouge… cosas todas ellas que obviamente también forman parte, genéticamente, del imaginario del firmante de estas líneas, en su condición de niño hispano-francés de los cincuenta.

Gatos y paraguas, pues, pero también un perro salchicha rebautizado, en plan Moulin Rouge, Cancan, el caballete y el pincel y los tubos de pintar, ciclistas, paisajes melancólicos de dominante gris, árboles de ramas secas, un Haiku, una farola de la playa gijonesa, la inconfundible silueta de Sherlock Holmes, Caperucita Roja y el Lobo Feroz, guerreros prehistóricos africanos, una mesa con unas gafas para tres ojos, casas solitarias y acogedoras con chimeneas humeantes, una praguense Casa de Josef Sudek que no podía no gustarle a Pavel Hrádok como no podría no gustarle el Viento anegando esquinas, soportales metafísicos -en un Gijón donde metafísicas son la Plaza Mayor, y la Torre Roja chiriquiana de Paco Pol-, gasómetros, edificios mondrianescos, una Ciudad hablada y entrañable, un Metapaisaje, un lápiz monumental dominando la ciudad como otra Torre Roja… Estas son algunas de las cosas que pueblan la pintura de este “fecundo fabulador de imágenes” (Rubén Suárez dixit), una pintura que tiene mucho de rebusca en la memoria, en pos del paraíso de la infancia.

Habitante de un puerto, Rodolfo Pico rinde también culto permanente al universo de lo náutico. Lo hace evocando el tiempo de los grandes paquebotes, aquellos que fueron anunciados por carteles de Cassandre y otros ingenios, fotografíados por los de la Nueva Objetividad, y objeto de películas, novelas, poemas, cuadros, y por supuesto cómics, y a este último respecto estoy pensando antes que nada en Hergé… A esas visiones se suman otras de faros, y a este respecto si el de Honfleur, precisamente, lo pintó Seurat, hay que recordar también los de Hopper al otro lado del Atlántico. Siempre en este negociado del mar, comparecen en esta obra, algún pescado muy torresgarciesco, y raspas de los mismos.

Relacionadas con lo anterior están las Papiro-nautias, que nos conducen hacia el mundo de la papiroflexia, y dentro de este al de los barquitos de papel, como aquél que Seoane dibujó para la cubierta de Mar ao Norde, de Cunqueiro. Junto a ellos, las pajaritas, caras al oscense Ramón Acín y a otros de nuestros vanguardistas, aunque el primero en convertirlas en tema, fuera el gran Miguel de Unamuno.

Para Rodolfo Pico, que tiene una pintura inspirada en el faro de Cudillero, y junto a él una palmera de inequívoco origen novomúndico, cuenta bastante el hecho de ser descendiente de indianos, condición que comparte con no pocos españoles del Norte, y entre otros con el cántabro Pancho Cossío, pintor de galernas y bergantines, nacido en la localidad cubana de Pinar del Río. Su homenaje a Cossío se inspira en la célebre caricatura que le hizo Cesar Abín, paisano suyo, en su álbum Leurs figures. La Cuba soñada del luarqués, una Cuba con algo de veintisiestista por el lado Lorca- Alberti, tiene mucho encanto: el laberinto urbano habanero presidido por el Capitolio, un cielo estrellado, un ingenio tabaquero, un haiga desvencijado, palmeras, guitarras y habaneras y guarachas, una carta aérea con su logo de avioncito, un espectacular Paquebote de Eneas, y hasta simpáticos homenajes muy pop -el pintor ha hablado de su arte como una suerte de “pop lírico”- a personajes tan emblemáticos de la cubanidad como el Bobo de Eduardo Abela o como Liborito. En la muestra Gijón-La Habana, celebrada en 2011 en Gijón, y conjunta con el fotógrafo Carlos Casariego, pudieron contemplarse sus principales cuadros de esta temática, que el lector interesado puede encontrar reproducidos en el libro de Belén Menéndez Solar Asturias Cuba: Los que se quedaron, al cual contribuyó también con sentidas prosas el pintor.

Una visita, demasiado breve, antes del verano, a la casa y al estudio gijoneses de Rodolfo Pico, ha quedado en mi recuerdo como un gran momento. Tanto el primer espacio como el segundo, casi contiguos, son lugares mágicos, en los que reina un desorden ordenado. Por supuesto por las paredes y por las estanterías y hasta por los techos -de uno de los cuales cuelga un cuatrimotor-, uno se topa con muchísimas referencias a la iconografía que es la suya, pero me he quedado sobre todo con la sensación de horror vacui, y con la idea de que él está moviéndose en dirección al mundo del objeto, por un cierto lado torresgarciesco, insisto, y con especial interés por lo lúdico, por lo pedagógico, y por trabajar un material dúctil como es la madera: aquí delante mientras escribo tengo a la vista un recuerdo de ese trabajo, un calendario 2016, el encabezamiento, en madera, con los números entre constructivista y déco, y el taco, impreso, un calendario muy de su tierra, con las fiestas de los pueblos, y muy naútico, hasta con unas “Tablas de las mareas”, un calendario que en París tiene algo de invitación al viaje. Siempre a propósito de la madera, es de subrayar que a Rodolfo Pico le importa, y mucho, el planeta del juguete, respecto del cual deben ser mencionados su cuadro sobre Pinocho; su exposición El juego de la oca, celebrada en 2009 en el ovetense Teatro Campoamor; el que muchas de sus casas y de sus caseríos tengan un aire de casas y caseríos de juego en construcción; y el que muchos de sus árboles tengan las ramas cubiertas, no de frutos, sino de bolas de Navidad.

Como la de Satie, la obra de Rodolfo Pico es de una geometría sonriente, término aplicable también a ciertas zonas de la de Pelayo Ortega, de la del brasileño Dionisio del Santo -uno de mis últimos descubrimientos en esta cuerda-, o de la del británico Gary Hume. (Y por supuesto, más atrás en el tiempo, a obras como la de Arp, Miró, Calder o el propio Torres-García).

Pintura en la cual lo decorativo y lo ornamental son compatibles con una vocación de esencialidad y pureza, y en ese sentido nada tiene de extraña la devoción de su autor por Cristino de Vera, o por el siempre recordado Xavier Valls, en cuyo universo silente y en calma están inspirados dos de sus bodegones, más un retrato, inspirado en otro fotográfico de Leopoldo Pomés.

Rodolfo Pico va cantando su pequeña canción llena de melancolía y encanto, parte de ella ahora reunida en el Museo Evaristo Valle. Escuchadla. Pintura rima en este caso con ternura.