Afinidades: Balzac / Valle / Arroyo

Con esta micro exposición, compuesta por la escultura Balzac de Eduardo Arroyo ( Madrid, 1937-2018) y la pintura Cipriano el hojalatero de Evaristo Valle (Gijón, 1873-1951) , a la que acompaña un hermoso y lúcido texto de Fabienne Di Rocco realizado al efecto, así como teniendo como referencia el único retrato fotográfico conocido de Honoré de Balzac (Tours, 1799-Paris, 1850) , uno de novelistas más Importantes de su tiempo, prolífico y desmesurado trabajador que bajo el título de “La comedia humana” reflejo la variopinta sociedad de su tiempo  a través de la descripción de más 2.500 personajes, pretendemos a modo de conjetura identificar la figura de Cipriano el hojalatero con la del propio Balzac, personaje, el del hojalatero, que ya aparece en las novelas de Balzac.

Diversas afinidades se dan entre Balzac, Valle y Arroyo. Los tres vivieron por motivos diferentes años cruciales en Paris, los tres comparten su interés por las artes gráficas, Balzac como nefasto empresario, Valle como incipiente dibujante litógrafo con el cambio de siglo, Arroyo nos ha dejado una obra gráfica monumental de extraordinario interés. Valle y Arroyo fueron además escritores y ávidos lectores, dejándonos entre su iconografía plástica testimonios de sus preferencias, que en el caso de Arroyo se decantan de forma preferente a través de variadas técnicas y exposiciones sobre la figura de Balzac. Los tres y cada uno a su manera nos han dejado un testimonio de impagable valor de la sociedad que les tocó vivir.

Si Valle pinto a Lenin en una procesión Gijonesa y en una arenga en la cuenca minera,
a Prokofiev jugando al ajedrez con Caplabanca, a Trotsky en un paisaje asturiano…o se autorretrato como Colón, Tenorio o Jovellanos ¿no será Cipriano Honoré de Balzac?

Obra invitada:

Eduardo Arroyo (Madrid, 1937-2018)

Balzac

2014

Piedra, cerámica y plomo, 62 x 62 x 26 cm

Colección de los herederos del artista.

Del 10 de octubre al 30 de diciembre de 2021

Los bigotes de Balzac

Por Fabienne Di Rocco

En una de las estanterías de la biblioteca que Eduardo Arroyo dedicaba a la literatura, en ese territorio íntimo tapizado de libros, se podía apreciar una colección de pequeños volúmenes tan manejables como los libros de bolsillo. Llamaban la atención tanto las delgadas líneas doradas de sus lomos como las tapas de color castaño de piel suave. Desgraciadamente no estaban todos los 10 tomos que forman La Comédie humaine en la edición de La Pléiade, pero Arroyo no dejaba de esforzarse por completar su colección y acudía con frecuencia a las librerías de viejo y a los mercadillos de París con la esperanza de toparse con los libros deseados pero agotados.

Honoré de Balzac era el modelo literario preferido de Eduardo Arroyo; admiraba su inexorable moral artística, su sentido del humor, sus excesos, sus galanteos, su fantasía, su capacidad poética de transformar la realidad. Admiraba la plasticidad de su prosa monumental que dio vida a más de mil personajes con todas sus características. A los ojos de Arroyo, en cada uno de ellos dormía un posible retrato, y eligió al coronel Chabert, a De Marsay y a unos cuantos más para plasmarlos en unos collages que narran su complejidad.

Se puede afirmar que la literatura de Balzac fue una fuente constante de inspiración para Arroyo que, al llegar a París con 21 años, un siglo después del fallecimiento de Balzac, se encontró con la estatua de Auguste Rodin, el denostado Monumento a Balzac, ubicada en el carrefour Vavin, en el cruce del boulevard Montparnasse con el boulevard Raspail. De este monolito de tres metros de altura, pura metáfora de bronce de la energía del literato, se desprende en seguida el sentido de la fuerza creadora de ambos artistas.

Unos años más tarde, en 1965, Eduardo Arroyo, Gilles Aillaud y Antonio Recalcati pintaron un conjunto de 13 lienzos titulados Une passion dans le désert que se expuso en la galerie Saint- Germain. Se trataba de la interpretación plástica de una obra maestra epónima de pequeño formato; una novela corta escrita por Balzac en una sola noche en 1830, cuando aún no era un exitoso novelista, donde contaba los amores de un soldado de Napoleón con una pantera en el desierto egipcio.

El autor del prólogo al escueto catálogo de aquella exposición parisina se llamaba Daniel Anselme. Con una mirada retrospectiva, Arroyo consideró que él y sus dos amigos habían elegido a aquel crítico de arte y escritor por su parecido con Balzac: abandonada guedeja, mirada, bigote negro.

Cuando, ya en el siglo XXI, Arroyo visitó el despacho de Balzac en su casa de Passy, se emocionó por su aspecto de celda. En aquel sobrio entorno, con el sillón arrimado a la mesa de poco tamaño, parecía que se podía palpar el trabajo del literato. Con sus manchas de tinta, el escritorio nos decía que esta modesta habitación era el único mundo verdadero de la vida de Balzac.

En 2014, Arroyo buscó piedras, y eligiéndolas por su forma y singularidad, encontró los formatos idóneos para retratar al escritor, con la ayuda de Lolo, en su taller escultórico de Robles de Laciana. Rodin había decidido plasmar a Balzac vestido con la cogulla que había adoptado para escribir convenientemente durante largas horas seguidas, «una túnica amplia y blanca, de cachemira en invierno y de lino en verano», según explica Stefan Zweig en su Balzac. La novela de una vida. Pero Arroyo se distanció del bronce y del gran tamaño y prefirió un cara a cara. Escrutó su modelo para alojar en los ojos de cerámica de su retrato pétreo una prodigiosa e inteligente vitalidad; y en el bigote, su coraje de león y sus mil astucias. Esta piedra de Laciana nos muestra, por una parte toda la humanidad de Balzac que nunca agachó la cabeza y, por otra, pone de relieve el vínculo que existe entre la literatura y el propio trabajo del pintor.

Acaso quepa recordar que Balzac, siempre acosado por numerosos acreedores, se las arreglaba para poder huir de ellos usando nombres falsos : «Madame Veuve Durand», rue des Batailles, por ejemplo, o «Monsieur de Brignol» en Passy. Con aquellos seudónimos a modo de máscara podía alquilar un piso donde escribir en paz. Está claro que nunca hubiera pensado en ampararse en una Carnavalada de Evaristo Valle, pero, en su viaje a través del tiempo, se encuentra con un magnífico disfraz que, a la postre, algo tiene que ver con su vestimenta de trabajo.

Valle, Balzac y Arroyo nos hablan tanto de literatura como de pintura. Esté donde esté, Balzac, que creía en la telepatía y en los mensajes secretos, entiende que este encuentro con Evaristo Valle y Eduardo Arroyo estaba escrito; porque los tres comparten el secreto fundamental revelado por Zweig en el libro que le dedicó a Balzac : «Todo es asunto, todo es material narrativo. La realidad es una mina inagotable. Basta con contemplarnos desde el ángulo apropiado».

Imágenes:

Nadar (París, 1820-1910). Honoré de Balzac. Fotografía retocada a partir de daguerrotipo de Louis-Auguste Bisson, c. 1890.

Nadar (París, 1820-1910). Honoré de Balzac, 1850. Carboncillo con toques de gouache sobre papel marrón, 310 x 232 mm. Biblioteca Nacional de Francia.

Evaristo Valle. Cipriano el hojalatero (fragmento), c. 1920 (repintado posteriormente, último estado c. 1945). Óleo sobre lienzo, 101 x 91 cm. Gijón, Fundación Museo Evaristo Valle.