De-formación. La piel desnuda. Fernando Redruello, dibujos y esculturas, 1970-1974

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«El arte es un camino fatigoso y esperanzado». (Jorge Luis Borges)

«La esperanza es algo bueno, quizá lo mejor de todo, y las cosas buenas no mueren». (Tim Robbins en los diálogos de la película: Cadena perpetua)

No es fácil dar con un título tan irónico, melancólico, eficaz y preciso como el que Fernando Fernández Redruello (Luarca, 1950) ha otorgado a su actual exposición en la Fundación Museo Evaristo Valle, a cuyo comentario se asoma la presente nota: De-formación. La piel desnuda.

Y es que, efectivamente, todas las piezas incluidas en ella fueron realizadas entre los años 1970 y 1974, y se corresponden, en su gran mayoría, con propuestas vinculadas a distintas materias convergentes con el dibujo del natural, y en particular con el de modelo desnudo, pertenecientes a los cuatro primeros cursos de los estudios que Redruello seguía entonces, lleno de entrega e ilusión, en la madrileña y prestigiosa Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, donde se titularía en 1975, en la especialidad de pintura, con un expediente de extraordinaria brillantez.

Podría esperarse que tal circunstancia, la estrecha relación de buena parte del contenido expositivo con trabajos y ejercicios relativos a estudios artísticos reglados, suscitara en nosotros una impresión de frialdad y distancia, de estar en presencia de algo muy correcto pero también muy rígido e impersonal. Todo lo contrario. Nada más percibir las obras exhibidas las reconocemos como cosas muy cuidadas pero también muy auténticas y conmovedoras, salpicadas de veracidad, insufladas de sensibilidad.

Como se ha señalado, gran número de las imágenes de la muestra son correlativas con distintas asignaturas y por tanto lo son, a su vez, con distintos propósitos de inventiva, concepto y profundidad. Tal variedad se refleja en su formulación gráfica.

Hilvanemos ahora, más con ánimo identificativo que analítico, un recorrido por las cuarenta y nueve obras que integran la exposición. Se podría afirmar, teniendo en cuenta el carácter sumamente ambiguo que tienen todos estos rótulos, que predomina la «manera expresionista» y aunque hay dibujos ciertamente contenidos, de minuciosa y pulida suavidad, que podrían ponerse en cómoda vecindad con el «naturalismo», lo más frecuente son imágenes vigorosas, en las que se impone la monumentalización y objetivación de la figura, y donde se señalan con gran fuerza las direcciones y los ejes fundamentales, sin vulnerar por ello su integridad corporal. En algunas piezas la búsqueda de ritmos inéditos por la posición y el ademán conduce a extremar la importancia de la relación entre la figura y el fondo, en estos casos ya posamos la mirada sobre verdaderas escenas, valiosas por su rotundidad, por su convulsión interna y por su carga emocional. Los últimos dibujos, en atención al mero orden cronológico, tienen distinto soporte (cartulina gris en vez de papel Ingres) y son de mayores dimensiones, y presentan también otras variaciones notorias. Los fondos desaparecen y se endurecen y se activan los contornos de las figuras. Los detalles fisonómicos y los elementos anatómicos se reducen a certeros y potentes trazos. Hay como una voluntad, entre temblorosa y decidida, de negación de la belleza y la serenidad para poner en primer término el vigor de la existencia, con su lucha y su desgarramiento. Una muestra deliberadamente breve de bocetos, en los que sin pérdida de intensidad y precisión prevalece la labor reductiva de las formas, nos descubre los caminos y procesos seguidos en las grafías de mayor tamaño y enjundia.

Dos relevantes conjuntos completan la exposición: uno incluye diecisiete retratos y otro lo constituyen cinco esculturas. Ambos son estrictamente contemporáneos de las obras ya reseñadas, pero en su origen no están los cánones académicos sino los deseos de expresión. Cabría suponer que esas esculturas, emparentables con las ramas más duras y agresivas del expresionismo, están más lejos de la realidad inmediata que los dibujos y los retratos. Pero incurríamos sin duda en un grave error. Tan lejos y tan cerca de la realidad, de eso tan vasto y arcano e ignoto que llamamos realidad, se hallan las unas y los otros. Esclarecer tal paradoja nos llevaría al examen de alguna de las muchísimas teorías o tesis cognitivas, ninguna definitiva, que tratan sobre el arte y la comunión de las personas con el mundo. No hay aquí lugar para ello. Tomemos entonces una vía distinta, más llana y directa.

Aceptemos el «hecho estético» como una maravilla de la imaginación y también, valga el oxímoron, como un dato de la realidad. Por eso Fernando Redruello, al igual que tantos otros practicantes de un oficio artístico, fue y es capaz de servirse de la forma para llegar a lo que no la tiene y de acceder al espíritu o a la esencia, o si se prefiere, a la iluminación de la singularidad interior de los seres y de las cosas. Por eso, además, estuvo y está en posesión de un secreto que salta a la vista, la capacidad de entrañar en la materia valores de afirmación y riqueza vital, habitándola con signos, conceptos, emociones, recuerdos… Y es que el arte, como escribió Paul Klee, no reproduce lo visible, sino hace que algo sea visible.

Finalmente, dejemos que otro aforismo, de mayor antigüedad pero de igual sabiduría: ogni dipintore dipinge sé (todo pintor se pinta a sí mismo), nos ayude a comprender porqué estas piezas, pasado casi medio siglo desde su realización, siguen dándonos tan fiel testimonio de su artífice, porqué continúan proclamando con rotundidad que Fernando Redruello, impulsado por el coraje de la inocencia y la energía del entusiasmo, eligió tomar el camino del arte. Y ya solo nos queda transitar durante un rato por su mismo cauce.

Francisco Zapico, Candás, septiembre y 2022

La exposición podrá visitarse del 23 de octubre de 2022 al 26 de febrero de 2023.