Melquíades Álvarez. Retratos y otras figuras en el espacio

Melquíades Álvarez.

Retratos y otras figuras en el espacio

Del 17 de octubre al 30 de diciembre de 2021

Aquí están mis obras de los últimos tres años y algunas otras anteriores. Aquí están los retratos de gente cercana en afectos y fisonomías y otras figuras humanas haciendo cosas o en reposo; todas detenidas en el tiempo. No sé si vienen a sustituir a mis paisajes que a veces veo ya conclusos o si son visitas que vienen a observarme y luego se irán. De momento soy yo quien los observa atentamente y a mí mismo me hago un hueco en esa observación.

No es un impulso de humanismo lo que me mueve, donde tengo mi escepticismo y mis reservas. Se trata, como otras veces, de salir de los moldes para no repetirme como quien ansía respirar un aire nuevo. Acostumbrado estoy a esa deriva de desigual fortuna, un sino tan distinto a quien encuentra su camino desde el principio. Se vive, se pinta, se padece o se disfruta como en otras cosas de la vida, pero siempre se está pensando en todo esto.

He perdido un cierto pudor para mirar a mis semejantes, o he ganado una curiosidad; pero cauto y respetuoso me dirijo a ellos para que me dejen observarlos. Otras veces no lo saben porque están muy en lo suyo o tengo que detenerlos cuando pasan por mis sueños.

El retrato es un arte difícil donde es preciso conjugar los tiempos de observación de cuanto hay de sutil, huidizo y contradictorio en un rostro y ponerlo, necesariamente, en la imagen fija y en su indeterminada vida y parecido a punto de huir o desvanecerse.

Los fondos de los retratos son parte de su mundo, dicen y colaboran a crear un buen cuadro, el objetivo preeminente.

Goya decía que acompañar al retratado con sus circunstancias era una trampa y que había que llevarlo hacia la soledad de su existencia sobre un indeterminado fondo de oscuridad. ¡Que difícil de llenar esa negrura de sentido sin caer en el efectismo! Por otra parte, cuanto nos rodea es puro accidente existencial por donde se cuela sin remedio cualquier pregunta trascendente. Es, por tanto, un tipo de oscuridad cotidiana.

Vuelvo a decir que las escenas son encuentros, revelaciones poéticas fugaces que se fijan y se trabajan encontrando a cada paso esa riqueza de significados que la realidad tiene cuando se la escucha.

Escuchando, observando, me he vuelto parsimonioso y detallista, y en esa demora tan aparte de estos tiempos de simplicidad presurosa, he ido viendo aparecer en lo accidental del trabajo que fluye entre los días aquellas soluciones que no se pueden imponer.

Por lo demás, acepto la posible crítica al anacronismo de mi trabajo. Sé por donde van las cosas por ahí y ni antes ni ahora me vi libre de esa tensión entre lo que se puede y lo que, según los dogmas estéticos, se debe hacer. Pero, una vez más, he hecho de esa tensión una tensión creativa. A cambio pido que se considere esto: lo que he pintado lo he visto y sentido de primera mano, existe y, de alguna manera, es siempre nuevo e inagotable, y el impulso de pintarlo no es sino la salud misma y el latido de la pintura que se propaga desde sus inicios a través de los maestros de los que se aprende pero a los que no se copia.