Miguel Galano. Senderos entre los árboles
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«La poesía de la tierra nunca muere», dijo el poeta romántico John Keats, y esa poesía es justamente la que recogen las obras de esta exposición de Miguel Galano (Tapia de Casariego, 1956). Bien es cierto que se trata de una tierra humanizada, civilizada, la de los parques y jardines que el pintor ha frecuentado a lo largo de tres décadas de trabajo invernal: el parque Isabel la Católica en Gijón o el Ferrera de Avilés, el Kungsparken de Malmö y el Jardín Botánico de Madrid, el imponente Letenské sady en Praga y el Assistens de Copenhague, que es en realidad un bello y pacífico cementerio… En todos ellos –en la visión que Galano da de ellos– se cumple la misma paradoja: no se ve a nadie, la figura humana está ausente, y sin embargo sigue ahí, se la percibe en cada rincón, en la trama de bancos y farolas, de césped y arbustos bien cuidados que protagoniza muchas obras. Y aunque se trata de lugares muy alejados y distintos entre sí, algo los une claramente: su vocación norteña, esa luz rebajada y sombría que enciende las formas desde dentro, que no se impone a ellas, sino que las acompaña y «las ocupa, haciendo de ello vida y labor propias» (Claudio Rodríguez); y también la facultad del autor para convertir el mundo que tiene ante los ojos en una visión propia, aislando una parte y envolviéndola en una atmósfera que no tarde en entregarle su secreto, su naturaleza íntima. Y todo sucede como si, al decir de Juan Manuel Bonet, «tuviera un radar para dar con parajes que hacer suyos, parajes que no son los que otro vería». He vivido muchos años junto al parque Isabel la Católica, pero los dos cuadros que Galano le dedica en esta muestra me obligan a verlo con nuevos ojos y al tiempo me revelan algo del lugar, de su tranquilidad espaciosa, que oscuramente ya intuía. Y es que ese radar al que alude Bonet se nutre del estudio y la observación, sí, pero también del sueño y la memoria, lentes que al superponerse configuran el cristal de aumento de la imaginación.
La unidad estética de esta obra, su coherencia, es en realidad una unidad espiritual, el fruto de un trabajo imaginativo realizado a lo largo del tiempo. Y que vuelve una y otra vez sobre ciertos lugares para desentrañar su aura, la causa de la atracción que ejerce en el artista. Así, por ejemplo, en la pareja de lienzos titulados «Recuerdo de Letenské sady», que captan la misma vista en lo más crudo del invierno y cuando el invierno comienza a dar paso al deshielo primaveral. Esta insistencia, este picar piedra sobre motivos que no terminan de mostrarse del todo, es el sello del artista verdadero. Así también en esa vista enigmática del cementerio de Assistens que más bien parece el camino de entrada a una casa palaciega. En una versión, más oscura, el trazo busca el detalle, la multiplicidad del verde con ramas y frondas escuetas, algo pobretonas; en la otra, más luminosa, el trazo se esponja y difumina y la escena misma parece crecer hasta envolvernos. A pesar de reunir obras de muy diversas épocas o momentos creativos, esta exposición nos permite acceder al mundo galaniano por una puerta que, siendo agradecida y seductora en el orden plástico, es también sutil, algo esquiva: hay que pasar tiempo con esta pintura, interiorizarla, para apreciar su riqueza sensorial, su variedad de planteamientos y soluciones, los detalles que elevan el conjunto y le infunden su peculiar tensión anímica, el contraste entre los trabajos de gran formato, donde la mirada unifica y ahonda, y los cuadros pequeños, más deudores del trazo expresionista.
Lo escribió el poeta venezolano Eugenio Montejo: «hablan poco los árboles, se sabe. / Pasan la vida entera meditando / y moviendo sus ramas». Y, sin embargo, Galano los hace hablar por el sencillo método de prestarles atención y acercar los ojos, el oído. Basta con adoptar una actitud de escucha para que todo –las gentes, las cosas del mundo– se vuelva charlatán. Esa es una de las razones de ser del artista: transformarse en alguien en quien la realidad del mundo se revela y manifiesta. Solo unos pocos entre nosotros se muestran dignos de este reto, y Miguel Galano ocupa un lugar de honor entre ellos. Estos «trabajos de invierno» lo demuestran una vez más y nos permiten saber un poco más del mundo, de nuestra vida en él.
Jordi doce

La exposición podrá visitarse entre el 11 de octubre y el 14 de febrero de 2027.
Proyecto subvencionado por la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular del Ayuntamiento de Gijón y el Principado de Asturias, y cuenta con la colaboración de Caja Rural de Asturias,